17 mayo, 2018 oneasy.es

¡ADIÓS, MAMÁ!

Seis patatas, media cebolla, cinco huevos, una pizca de sal y cuarenta gramos de maduralina mezclada con ayahuasca. La cantidad de maduralina indicada por el chamán wakanusa eran cuatro gramos, pero, tú, Matilda, decidiste poner fin de una tacada a los hábitos e intenciones de tu hijo Bartolomé Carlo, tu único hijo. Querías insuflarle unas dosis de madurez, pero te pasaste: le pusiste diez veces más.

Bartolo tenía doce años. Era un niño tranquilo, alegre y observador, amante del mundo real y auténtico. Raramente utilizaba las máscaras virtuales, sólo para buscar información. Era bueno en sus estudios, cuando se esforzaba, y disfrutaba sobremanera dibujando sobre papel personajes ficticios y viendo películas producidas en el siglo XX. Corría el año 2047 y eran pocos los chavales que compartían las aficiones de Bartolo.

Especialmente tú, Matilda, que eres nieta, hija y esposa de empleados de entidades financieras. Para ti, trabajar en un banco es la tradición de la familia y es lo que ansías para tu “querido” Bartolo. Quieres que estudie en la universidad de Orión, que en estos momentos es la más destacada y donde el resto de los hijos de tus amigas del ciberclub quieren llevar a sus vástagos. La mayoría de estos cachorros estaban tan manipulados que se dejaban llevar y no ponían pegas para estudiar en la elitista Orión y así, de paso, podrían pilotar algunos de los hypedrones que Volkswagen estaba lanzado para el público joven. Tener un hypedron era la mejor forma para ir y venir de Orión y además ganabas en libertad de movimientos para los momentos de ocio.

Sin embargo, a Bartolo todo aquello le parecía una estupidez; no le veía ningún atractivo a trabajar en un banco, esa especie de cárcel triste, gris y monótona. Él pensaba que su padre era un hombre sin valor por no haberse dedicado a lo que realmente le apasionaba, que era el diseño de cápsulas espaciales. Tenía que haber hecho como con su otra pasión, que eran las mujeres, para la cual, y según los hechos, sí se empleó a fondo. Ya en su corta vida, Bartolo le había descubierto dos veces retozando con otras fulanas. La relación con él era casi inexistente. Por casa paraba poco y ni opinaba ni influía en mi educación; pasaba de todo con tal de no discutir con mi madre.

Bartolo quería ser ilustrador o director de cine clásico y salir cuanto antes del yugo de su madre, con sus tonterías sobre la tradición y la conciencia rectamente formada que ella misma creía tener e imponía a los demás.

La sacaste sin cuajar del todo, como le gustaba a Bartolo, y se la pusiste en la encimera junto a un smoothie supervitaminado. Te diste cuenta de que él notó algo extraño en su sabor, pero tú, hábilmente, dijiste que eran hierbas aromáticas, muy frescas y recién llegadas de Kepler-36.

Después de cenar la deliciosa tortilla de Matilda, terminó los deberes y se quedó dibujando un rato con grafito y sobre papel hasta que por fin se acostó.

Le despertaste con ansiedad, porque estabas deseosa por ver cómo había funcionado el menjunje.

Bartolo amaneció muy cansado, no había tenido una buena noche, demasiados pensamientos nuevos. Le inquietaban un montón de nimiedades sobre el futuro en las que hasta ahora no se había parado a pensar; le preocupaba hasta qué ropa ponerse para aquel día y lo que pensarían los demás. Realmente su cabeza estaba funcionando de un modo que hasta entonces él desconocía.

En el desayuno fue cuando le preguntaste qué es lo que quería estudiar y se quedó pensando un buen rato. Pero ¡lo conseguiste, mala pécora!, te contestó: alguna carrera que me aporte seguridad y un buen sueldo.

Bartolo cogió su hobber y se fue patinando por el aire. Estaba algo confuso sobre la respuesta que había dado a su madre. Durante el trayecto fue más despacio de lo habitual y no se decidió a hacer 360, loops o grindar algún tejado o farola; simplemente se dejó llevar, observando en todo momento no colisionar con otro hobber de algún compañero del colegio, lo cual normalmente le parecía divertido.

Entró en clase y se dirigió más hacia delante de lo que solía; de hecho, se sentó en la primera fila, para sorpresa de sus colegas Tirso y Simón. Tocaba biotecnología y la impartía, como siempre, doña Alejandra, una profesora singular, joven y moderna. Y así la vio hasta ese día en que Bartolo le descubrió unos cuantos atributos nuevos nada más empezar la clase. De repente, encontró en sus labios gruesos y húmedos una atracción que desconocía. También, poco a poco, empezó a fijarse en el canal que asomaba por el jersey y que apretaba sus dos sugerentes senos. Estuvo fantaseando con ella toda la clase y, cuando terminó, era tal la erección que tuvo que levantarse ocultando la protuberancia como podía con su hobber.

Matilda, ¿qué has hecho? Con la sobredosis, has conseguido la mente de un viejo verde con la potencia del cuerpo de un preadolescente.

Al salir de clase, se fue con Simón a casa de Tirso para terminar un trabajo y, durante el camino, con la mente puesta en la conducción del hobber, que curiosamente seguía siendo segura y tranquila, se le pasó la excitación. Entraron en la casa y, al fondo del salón, estaba María, la mamá de Tirso.

—¡Buaaahhh! —se dijo–, ¡cómo estaba la mamá de Tirso!, ¡qué piernas! Con esos vaqueros ajustados, parecían las de una diosa griega.

Les preguntó si querían merendar algo y Bartolo no respondió.

—¿Estás bien, Bartolo? —le dijo María.

—Estaría mejor en tus brazos —contestó Bartolo. La respuesta fue tan inesperada que todos rieron y no se lo tomaron en serio.

Al llegar a casa, seguía tan excitado que empezó a sentir un fuerte dolor testicular. Se acostó y se tuvo que masturbar hasta tres veces.

Amaneció un nuevo día y se levantó con una potentísima erección. Desayunó con su madre y aquello, afortunadamente, empezó a relajarse.

Durante el desayuno, Matilda aprovechó para persuadirle a asistir a las fiestas que organizaban en el ciberclub y a donde iban un montón de niñas de su edad, todas ellas acaudaladas y de buenas familias. Aquello, a la nueva mente de Bartolo, le pareció razonable por las consecuencias que tendría a largo plazo para asegurar su patrimonio; pero a él no le gustaban las niñas, de hecho nunca se había fijado en ellas. Lo que deseaba en esos momentos eran mujeres mayores, con pechos turgentes y nalgas redondas.

Se había vuelto demasiado racional. Ya no dibujaba, no jugaba, apenas reía. Sólo pensaba en sexo y se pasaba el día empalmado de un sitio a otro. Los días pasaban y su mente se volvía más y más calenturienta. Tirso y Simón ya no se acercaban a él. Se comentaba en el colegio que era un depravado y que se pasaba el día masturbándose, lo cual era necesario para paliar el dolor en el que estaba sumido constantemente.

Aquel día, llegó con el pelo humedecido por las lágrimas que le habían peinado durante todo el camino de regreso en su hobber. Sentía mucho dolor por dentro y por fuera, se quería morir, no entendía nada de lo que le estaba pasando. Además, le habían expulsado, de momento un mes, por intentar frotarse contra doña Alejandra. Se lanzó a por ella nada más terminar la clase, como si fuese un perro en celo.

Entró en la habitación de sus padres —nunca entraba en su ausencia— y se tumbó en la cama, llorando y hecho un ovillo para paliar el dolor. Se quedó allí, tendido; más de una hora traspuesto y sin ganas de hacer nada y con la mirada perdida. De repente se quedó observando algunas de las tabletas de aluminio flexible que tenía su madre sobre la mesa y vio que una de ellas tenía un lacre abierto con el sello de los míticos wakanusas. Se incorporó, la cogió y leyó que era una receta de maduralina con ayahuasca, con indicaciones para utilizar en niños de unos doce años. ¿Qué es esto? Observó la fecha y era de hacía diez días, justo el día antes de empezar a sentirse raro.

El extraño sabor de la tortilla, pensó; aquello había sido una auténtica tortura de patatas.

Se fue al cuarto de reciclaje. Todavía no habían pasado los quince días de recogida de residuos. Encendió la pantalla y escribió “maduralina”. El sistema se puso en marcha y, por una de las bandejas de extracción, salió un recipiente de cristal con una marca de maduralina de 40 gramos. En ese momento entendió que estaba siendo intoxicado por su madre. Se fue corriendo a su habitación, se colocó su máscara virtual y buscó el antídoto para la sobredosis de maduralina. Según el informe que lanzó, tendría que ir a Jala Jala Island, uno de los vertederos más eficientes del país y donde habitaban los wakanusas, esos seres con escafandras de aire y monos blancos. Era del saber popular el conocimiento que los wakanusas tenían en el mundo de la farmacología, especialmente utilizando los vertidos reciclados. Pero, ¿cómo iba a ir hasta allí? En un hobber, era imposible, demasiado lejos. Tendría que usar un transbordador. No lo dudó un instante: robaría la huella de su madre para comprar el pasaje, la cual conocía y que nunca, por supuesto, había utilizado; pero en esos momentos se merecía eso y mucho más.

Llegó a Jala Jala y allí le estaban esperando cinco wakanusas. Le postraron en una camilla y se lo llevaron despacio, muy despacio. Bartolo sólo conseguía escuchar las largas y rítmicas exhalaciones metálicas que salían de sus escafandras. Poco a poco, como a cámara lenta, fueron aminorando el ritmo, dejando caer la camilla en una piedra circular y allí, con un humo aromático y embriagador, se cogieron de las manos alrededor de él y empezaron a hacer algo así, pensó Bartolo con gran pesadez, como el ritual del mástil.

Matilda, nada más supiste de él, no quisiste siquiera pedirle perdón y conseguiste que se emancipara pronto. Y ahora recibes esa fotografía en papel –ya sabes, a él le gustaba lo auténtico y realista–. Después de tantos años, ahí lo tienes, con una sonrisa de oreja a oreja, tu hijo único, sujetando una estatuilla con forma fálica por haber recibido el premio al mejor dibujante de comics del Festival Erótico de Berlín, el más importante del mundo, y con el otro brazo agarrado a quien es en estos momentos el amor de su vida y la madre de tus nietos: una stripper que conoció hace cinco años en un antiguo bar de carretera el mismo día que se fue de tu casa. Has dado la vuelta a la foto y, por supuesto, manuscrito, como le gustaba a tu Bartolomé Carlo, sólo dos palabras: adiós, mamá.

Óscar Nuño ©

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