19 febrero, 2018 oneasy.es

El Afilador de mi Barrio (una historia de amor)

¿Dónde está nuestro error sin solución…? —sonaba en el radio cassete– ¿Fuiste tú el culpable o lo fui yo…?

Me llamo Sid, y soy punki. Soy un punk, o eso creo yo, de los de verdad, hecho a mí mismo. Ahora estoy coloreando figuras y escuchando a Alaska, porque, aunque soy un punki, no soporto el sonido sucio y distorsionado de los Exploited y los UK Subs, que son los otros discos que tengo. Ella se llevó el de los Pistols y éste que suena me lo compré con mi primera venta. Al fin y al cabo, todavía soy un niño, tengo sólo trece años.

A ver si escampa y puedo salir a por ellos. No tengo televisión, pero no la necesito; me gusta escuchar música. Sigo coloreando y veo la foto de mis padres en la pared, ellos sí que eran verdaderos punks. Se conocieron en Londres en 1977 y vivían para el movimiento que acababa de surgir. A mi padre, nunca le conocí; la única referencia que tengo es la foto, clavada en la pared, con mi madre. Yo intento, en lo que puedo, asemejarme mucho a él: su cresta punkabilly roja, cazadora de cuero con cremalleras y el pantalón por dentro de las botas. A mi madre, sí; pero hace dos años salió a por tabaco y, de momento, no ha vuelto. Ella era muy cariñosa; al menos, el tiempo que estaba en casa, que era más bien poco. Por eso, creo que me adapté bien a vivir sin ella. Algún día volverá. Me relaja colorear y leer tebeos. Al colegio no he vuelto desde que se marchó, pero me gano bien la vida. Sigue golpeando la lluvia en el tragaluz de la buhardilla; en cuanto termine, salgo corriendo a por ellos, que hoy va a ser un gran día.

Parece que entra más luz por la ventana. Me voy a poner las Doc Marteens –las botas que dejó mi madre olvidadas– y, aunque todavía me sobran dos números, han sido su mejor legado. Acaba de sonar el chiflo del afilador: esa es la señal de que la calle está despejada, ¡vamos al lío!

Me lanzo por la empinada calle abajo, todavía mojada, pero el empedrado y las botas de mi madre facilitan que no me resbale. Vuelve a sonar el chiflo. El afilador y yo, casi siempre, coincidimos cuando sale el sol, nos miramos y asentimos con la cabeza, pero nunca hemos hablado. Él va por el barrio con su bici, afilando lo que puede, sobre todo a esos skaters odiosos a los que afila las navajas y que me tienen agobiado con sus insultos y mofas. Es un señor muy alto, delgado y de mediana edad, no sabría decir cuántos. Lleva siempre su boina y una larga gabardina gris; tiene una cara amable. Sigue sonando el chiflo cada vez más cerca, lo cual a mí me da ritmo para la recogida. Por cierto, me gano la vida recogiendo caracoles y vendiéndoselos a los bares; no es mal negocio. Otro silbido más. El afilador se llama Esteban –eso me han dicho– y tiene otro cliente que es todavía mejor que los malditos skaters y sus cuchillos: se trata de un coronel de caballería que afila su espada todos los días pares del año. Su espada está tan afilada que podría cortar una cabeza apoyando sólo el filo y sin ejercer presión. También se cuenta en los bares que el afilador y ella, la mujer del coronel, que parece ser que se llama Dolores, están muy enamorados.

Mira esa tubería, seguro que está llena de ellos. Y allí están, a decenas; los voy cogiendo y echando en la bolsa. La mayoría se concentran en las bajantes de las tuberías y en las entradas de las alcantarillas. Hoy está todo lleno de caracoles. Debo llevar ya unos cientos. Veo, a lo lejos, al afilador y, ¡vaya!, está afilando las navajas a los skaters. Giraré a la izquierda antes de llegar más allá, para que no me vean –últimamente no me dejan en paz, se me acelera el corazón–. Mejor ni mirar. A veces pienso que, en cuanto reúna más dinero, me compraré unas zapatillas como las suyas, para ver si así me dejan en paz, aunque eso sería renunciar a mis valores y tradición familiar. Ya han terminado; suena el eco de las ruedas de los monopatines. La vibración de las ruedas cada vez está más cerca, se les escucha gravitar, creo que ya están en esta calle. Empiezo a andar más rápido. Escucho: ¡babosa!, ¡babosa!, ¡enclenque!, ¡raro!, ¡maricón! Y ahora sí, empiezo a correr. ¡No corras, hijo de puta, te vamos a matar!

—Corre, Sid, corre —me digo—. Corre, Sid, corre, te quieren matar.

Siento un dolor fuerte en la cabeza, como un pellizco, y me desplomo; uno de los monopatines me ha debido caer encima. Ya están todos aquí. Me cubro como puedo, siento las patadas en los costados, piernas y cabeza, sólo pienso en que pase cuanto antes.

—Vamos a quitarle las botas de maricón que tiene —gritan—. ¡Venga!

Sacan las navajas y empiezan a cortarme los cordones para sacar las botas.

—¿Y si le cortamos un trozo de polla? — dice uno

—¡No jodas! Venga, dale.

—Seguro que no tiene, pero vamos a intentarlo —dice otro. Intentan bajarme los pantalones y no pueden.

—¡Joder, el babosa no tiene cremallera, tiene botones! –Gracias, mamá, por tu segundo legado: unos 501 con botones.

—¡Malditos cobardes, queréis dejar al chaval en paz! —era el afilador.

—¿En paz? Es un mierda babosa, raro de cojones, y no nos gusta que ronde por nuestra zona.

—Coged vuestros patines y salid de aquí cagando leches y que no os vuelva a ver amedrentando al chaval. ¡Vamos: 3.2.1, ya! –levantó su brazo, que a mí me pareció el de un gigante, y lo mantuvo arriba, amenazante, mientras los malditos skaters se iban yendo, emitiendo gruñidos por lo bajini.

El afilador me tendió la mano y se la di. En ese momento, sentí una sensación de paz y confort que no experimentaba desde hacia tiempo. No quería soltarle la mano.

—Recoge tus cosas y vamos a curar esas heridas —dijo el afilador.

Recogí los caracoles desparramados por el suelo e intenté atarme las botas con lo que quedaba, pero era imposible.

—¿Cómo te llamas?

—Sid —respondí.

—Súbete a la bici y ya solucionaremos lo de las botas más tarde.

Me llevó a un puesto de la casa de socorro donde me pusieron cinco puntos en la cabeza y me desinfectaron las heridas de la cara y los labios. Tenía también contusiones en pecho, espalda y piernas, pero, de momento, no me molestaban. Puede que estuviese tan a gusto que no sentía el dolor; es más, ni siquiera los puntos me dolieron. Después, pasamos por una mercería y me compró unos cordones nuevos para las botas. Yo creo que él también se sentía bien a mi lado, y me invitó a acompañarle en su rutina: fuimos a la casa del coronel –¡qué nervios!–. Era un segundo piso sin ascensor, pero él subía la bici casi todos los días, por lo que apenas le costaba trabajo. Tocó el timbre y abrió la puerta una mujer o una sonrisa. Lo mismo he de decir de él: se le transformó la cara al verla, irradiaba alegría.

—Dolores —dijo él.

—Esteban —le brillaban los ojos—. Me miró, siguió sonriendo y dijo:— ¿Quién es este chavalín tan guapo y moderno?

Al rato, ella trajo la famosa espada del coronel y, aunque no necesitaba afilarse más, Esteban se extendió en su labor más de media hora, mientras disfrutaban charlando en el rellano de la escalera.

Para mí, fue un gran día; tanto, que prometí invitarles a caracoles cuando recogiese a montones, que ocurría algunas veces.

Acompañé a Esteban durante un mes, unas tres veces por semana, siempre que lloviese, que eran los días de recogida. Creo que los dos nos hacíamos compañía.

Pero un día sucedió lo que no tenía que haber pasado. Había dejado de llover y estaba en mi labor recolectora de caracoles. Me extrañó no escuchar el  chiflo, era mi forma de saber dónde estaba Esteban y acercarme a él siguiendo los silbidos. Era un día ventoso y con el cielo entre gris y marrón por la contaminación. Pasó un coche de policía con las sirenas y a todo trapo calle abajo; al rato, pasaron dos más y una ambulancia. Algo tenía que haber ocurrido para que hubiese tanto revuelo en el barrio. Tenía ganas de ver a Esteban y contarle lo que me había pasado ayer en el kiosco mientras compraba tebeos de Spiderman; además, ayer había sido un buen día de recolección y tenía decidido, por fin, invitarles a caracoles. Según torcí a la izquierda, vi mucha gente agolpada a la altura de la casa de Dolores. También me di cuenta de que estaban la ambulancia y los coches de policía con las luces de las sirenas girando.

—¡Niño, no sigas bajando! —comentó una señora que marchaba, apresurada, frente a mí.— ¡Ave María Purísima!, le han cortado la cabeza. ¡Pobre mujer!

Aceleré más el paso y seguí escuchando:

—Ese hombre estaba loco, todo el día afilando la espada.

Me hice un hueco entre el gentío y pude ver la bicicleta de Estaban apoyada en la pared, donde siempre la dejaba antes de subir a ver a Dolores. Tenía el corazón a cien y no sabía a dónde más mirar. El portal estaba lleno de policías y no dejaban entrar a nadie, ni siquiera a los propios vecinos. De repente, salió del portal, esposado y llevado por dos policías. Era él, el famoso coronel: un señor muy mayor, de pelo largo bien peinado y barba canosa, batín de satén y zapatillas de andar por casa, y una cínica expresión, con motas de sangre, de haber realizado el trabajo bien hecho.

—¡Allí está! —le pude distinguir por su boina y gabardina gris, tres portales más abajo, sentado en el bordillo y con la cabeza entre las piernas.

—¡Esteban, Esteban! —grité, pero no reaccionaba.

Me acerqué, puse mis manos sobre sus hombros y, muy despacio, levantó la cabeza; sus ojos estaban inundados. Le besé en la frente y me envolvió con sus brazos. En ese momento, me sentí el niño más feliz del mundo.

Óscar Nuño ©

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