21 marzo, 2018 oneasy.es

NOCHE Y DÍA

Tras abrir la puerta del baño, miró a su alrededor para asegurarse de que no hubiese nadie. Retumbaban los graves con ese sonido hueco y amortiguado que sólo se genera en los servicios de los garitos poderosos. Había sido un día caluroso de verano y Bacon y Tano habían decidido, como otras tantas noches, poner rumbo al Friends, uno de los templos de la noche electrónica capitalina. Se dirigió a la última puerta a la derecha —como le había indicado Tano antes de entrar—, la empujó y descubrió con agrado que, sobre el dispositivo del papel higiénico, le esperaba una espesa línea de farlopa y un turulo enrollado. Eran principios de los noventa y había algunos segmentos de la juventud que habían desarrollado esos hábitos tóxicos de mezclar alcohol y coca de forma habitual y, en los días especiales, también lo aliñaban con algunas pastillas de MDMA. La aspiró con vehemencia y pasó el dedo humedecido para limpiar y aprovechar los restos que habían quedado.

Una vez fuera, todavía con el amargor en la garganta y la euforia inmediata generada por la zarpa, comenzó a buscar a Tano, abriéndose paso entre la multitud de cuerpos poseídos por el ritmo sincopado de los beats; algunos, con las miradas perdidas y otros, con ojos de lascivia. Le encontró apoyado en la barra, pavoneándose en compañía de una tronca –o eso parecía por los ademanes que hacía–. Tano le miró y sonrió con un gesto de ‘no me molestes demasiado, que he pillado cacho’.

— Ah, por cierto, te presento a mi amigo Bacon, que andaba por ahí perdido y creo que se tenía que ir. ¿Y tú, perdona, te llamas?

— Me llamo Genoveva, pero me puedes llamar Geno.

— Yo soy Tano —ella le plantó dos besos que sobrepasaban con creces lo que uno estaba acostumbrado para una primera presentación.

Bacon y Tano se miraron con complicidad y cierta maldad al escuchar el seseo de su nueva conquista. Les seguía haciendo gracia esa forma de hablar que tenían algunos –claramente, con un personaje así, se trataría de un rollo de una noche.

—¿Nos disculpas un momento? Tengo que darle una cosa del coche a mi amigo —dijo Tano.

Salieron fuera y Tano le suplicó a Bacon que, por favor, abriese la tienda en el turno de mañana. Había habido un contratiempo de última hora con la persona que tenía que abrir y Tano, además de estar con el calentón de la pija, no era lo bastante fuerte para poder ir a trabajar después de haber empezado a consumir sustancias varias.

Bacon respondió que ni loco volvería al Noche y Día; que habían quedado para salir de fiesta y que no estaba en sus planes rematarlo regresando a aquel infierno. Tano siguió rogándole y rogándole, argumentándole que la mañana no tenía nada que ver con el turno de noche, que de día iba gente normal.

—Gente normal —repitió sus palabras con desdén–. ¿Me estás vacilando o qué?

Volver al Noche y Día a aguantar a proxenetas queriéndose hacer amigo tuyo —pensó Bacon.

Bacon había estado dos veranos, durante los meses de julio, trabajando allí para sacar algo de dinero de cara a agosto. El establecimiento era uno de tantos que la familia de Tano tenía en aquella zona y que él dirigía, y éste, sin duda, era el más rentable: un 24 horas en el epicentro del infierno.

En aquellos dos veranos, Bacon hacía los turnos de noche, desde las once hasta las siete de la mañana. Su misión consistía en estar en la caja, acompañado de un imprescindible guardia de seguridad, cobrando sobre todo a la comitiva de muertos vivientes, prostitutas, chulos y yonquis que pululaban por aquel lugar y a aquellas horas. Todos los que pasaban por allí eran sospechosos, pues, ¿por qué alguien iba a hacer la compra en un lugar donde todo costaba diez veces más? Sólo podría perderse allí dentro algún excéntrico o turista muy despistado.

Lo que más se vendía, sin lugar a dudas, eran los yogures líquidos, ‘la bebida oficial de los yonquis’: era fácil de digerir y los mantenía vivos. Pero también había otro producto estrella y que iba casi a la par que los yogures, el chocolate blanco Milkybar, cuyo papel de plata tenía unas propiedades especiales para poder quemar los chinos de caballo y así dar las bocanadas aspirando con un billete o canutillo (tendencia más limpia que degollarse los brazos con agujas, aunque, de la misma forma, a nivel estético, les destrozaba la boca y era igual o más adictivo). También se vendía mucho alcohol del duro y, por supuesto, cervezas; éstas, sobre todo, a los proxenetas que intentaban apostarse allí dentro como si fuese un bar y había que invitarles cortésmente a que abandonasen el local. En las cámaras frigoríficas, algunos de los negros que trapicheaban con las pelotas de caballo que ocultaban debajo de su lengua las dejaban escondidas entre los quesitos, flanes y yogures y, de vez en cuando y si intuían que había pasma, tenían que tirarlas o tragárselas.

Los días más cruentos, se producía alguna pelea en el interior, como aquel desgraciado que prácticamente se desangró de un navajazo en el estómago y que trató de frenar la hemorragia con un paquete de pan Bimbo, que fue lo primero que alcanzó como síntoma de supervivencia. Otras veces, entraban vagabundos desarrapados, que al final resultaban ser policías, y te enseñaban la placa diciendo que iba venir una banda de iraníes a atracar y que no hiciesen nada, que entregasen el dinero, que ellos les cogerían más tarde en la calle. Sin dudarlo ni un segundo, en aquellos casos, no arriesgaban la vida jugando a Baretta versus una banda de sicópatas con recortadas y se procedía a cerrar la tienda y, al día siguiente, se le comunicaba a Tano, que para eso eran amigos.

Por allí, todos eran sospechosos; se encontraba a antiguos compañeros del colegio, que se delataban llevándose la tabletita de Milkybar –éstos, aunque con trajes caros y todavía a esas horas bien planchados (seguro que trabajarían en alguna consultora o agencia de publicidad), mostraban una delgadez extrema y progresiva en sus caras; ser de buena familia les otorgaba algunos comodines de más en el descenso a los infiernos–. Otros, que siempre le habían parecido en la infancia y adolescencia de tendencias afeminadas, por allí se pasaban travestidos, a calzón quitado –ya no había nada que ocultar, al menos entre ellos y en ese momento.

Volver al Noche y Día para coger los alicates y los guantes de látex –se le revolvió el estómago sólo de pensarlo–. Eran las herramientas de defensa que Bacon utilizaba para cobrar y devolver el dinero. Los yonquis tenían las manos tan hinchadas de los picotazos que cualquier rozadura les producía heridas y, debido a su escaso control motriz, al intentar pagar sus yogures, se arañaban y pequeñas tiznas de sangre salpicaban el mostrador beige. Y por si fuera poco, las putas, a la hora de abonar, y para que no se lo quitasen los chulos, se sacaban los billetes de las bragas o de los zapatos. Además, la mayoría de esos talegos venían requemados de inhalar los chinos. Los guantes y alicates, sin duda, eran el gran aliado para no contaminarse sabe Dios con qué. Volver al Noche y Día, no, nunca más

Tano insistía tanto y Bacon sabía que era el único que podía hacerlo en aquel momento. Al fin y al cabo, eran demasiado amigos para negarle un favor.

—Y tú te llamas Tano, de Cayetano, ¿verdad? –preguntó la pija.

—No. Se llama Tano, de gi-ta-no —aclaró Bacon, marcando bien las silabas.

En ese momento, no pudieron más que retorcerse de risa y empezar a dar espasmos cada uno por un lado, de lo cómica que les había parecido la pregunta; solían reírse de todo y de todos, con una sensación de inmortalidad que se tiene en esas edades tempranas. Le llamaban Tano, ya desde el colegio, por su tez morena, y probablemente, con un sombrero y un bigote, se hubiese mimetizado sin problemas en cualquier clan de los poblados.

—¡Qué graciositos sois! —dijo Genoveva, todavía creyendo que lo de Tano, de gitano, era una broma más.

Subieron los tres al coche y atravesaron la ciudad en menos de diez de minutos. Sólo interrumpían su marcha los camiones que limpiaban las calles mientras sonaba en el interior I’m Waiting for the Man, de ‘la Velvet’.

Ante el estupor de ella, aspiraron la última línea en la puerta del Noche y Día. Tano le entregó las llaves del local y, con su pija dentro, salió derrapando; tenían prisa por consumar la noche.

Empezaba el día y Bacon observó el escaparate, que dejaba ver el interior del local con una luminosidad diferente de la que conocía. La previsión para hoy era la misma que la del día anterior: máximas de 44 grados. Respiró hondo varias veces el aire fresco que quedaba del amanecer y empezó a abrir los cierres, cometido que no había hecho nunca hasta entonces. Cuando solía aterrizar por allí, estaba todo el circo montado y esta vez, además, no habría guardia de seguridad.

Se dirigió al cuarto donde le había indicado que estaba el general de la luz. Observó los plomos, buscó el interruptor, lo pulsó y estalló un fogonazo de luz azul en el cuadro que se traspasó por todo su cuerpo y que le catapultó, golpeándose contra la pared de atrás. Se quedó tendido en el suelo unos instantes y, poco y poco, se levantó, incrédulo de lo que acababa de pasar y también agradecido de seguir con vida, aunque con el corazón muy acelerado. Se decidió a coger un palo de escoba y, por fin, encendió las luces del súper.

Ya sólo quedaba abrirlo al público. Se dirigió a la entrada y allí estaba esperando un cliente. No podía ser lo que estaba viendo, no había caído en que todavía podría recibir a las huestes de los after-hours. Lo dejó pasar. Mediría casi dos metros, sólo las plataformas que llevaba serían de unos veinte centímetros; entró tambaleándose de tal forma que parecía que fuese a tirar un lineal entero. Cogió un yogur líquido, como no podía ser de otra forma, y se fue acercando a la caja con el clásico balanceo etílico. Se plantó frente a Bacon. Tenía el pelo enmarañado, el rímel totalmente corrido y el blanco de los ojos ensangrentados.

—Son 275 pesetas —dijo Bacon. Allí todo costaba diez veces más.

Aquel personaje de alto voltaje, por lo que hizo después, debería llevar en la sangre un cóctel de sustancias monumental; abrió el bolso y rebuscó con extrema torpeza hasta que lo encontró. Bacon se quedó perplejo e incrédulo durante unos segundos y, en un acto reflejo, saltó por encima del mostrador y empezó a patearle hasta sacarlo de la tienda. Arrodillado y con las medias destrozadas, el gigante balbuceaba como podía y, amenazante, decía que iba a llamar a la policía. Aquella escena, dentro de su violencia, a Bacon le resultó, de lo ridícula que era, hasta divertida. Volver al Noche y Día, nunca más –volvió a decirse–. El travesti había sacado un condón usado, lleno de semen mezclado con las monedas dentro, y lo había dejado caer sobre el mostrador, que seguía siendo beige para que contrastasen bien todos los colores.

Cualquiera en edad avanzada y después de tantos imprevistos, hubiese sufrido un infarto, pero Bacon tenía todavía un corazón joven y fuerte. Estuvo tentado de echar el cierre y poner fin a aquel marrón, pero también pensó que aquello no podría ir a peor.

Volvió a sentarse frente a la caja registradora para relajarse de alguna forma; todavía no había trasiego por la calle. Intentó pensar en algo positivo y recordó con agrado la última vez que anduvo por la zona de paseo con su madre y, al pasar por la artería principal, todas las prostitutas le saludaban con cariño o le hacían ademanes con la cabeza. Por supuesto que su madre conocía la experiencia de Bacon en el Noche y Día. Si no, hubiese sido cuanto menos impactante presenciar cómo a tu propio hijo, en un trayecto tan corto, le habían reconocido más de diez meretrices. También le reconfortó pensar que, a pesar de que manipulaba su dinero con los alicates, no habían sido para nada rencorosas; al fin y al cabo, Bacon, para ellas, dentro de sus noches de terror, era un aliado que les proporcionaba un intercambio mucho más sano: yogures, tabaco y cerveza a cambio de dinero.

Al rato, escuchó gritos y bullicio en el exterior. Se giró para mirar por el escaparate y vio que se trataba de Tina, una de las dos componentes de Las Grecas, una habitual de la zona. Dio gracias. Tina, aunque estaba loca de atar y montaba unos follones tremendos en la calle, sabía que no podía entrar en el Noche y Día; lo tenía totalmente prohibido y nunca más lo intentó desde que la echaron, por lo que Bacon creía que no estaba tan loca como la gente decía. Se apoyó en un coche justo frente al escaparate y se quedó observándola de arriba abajo. Iba como de costumbre: con su chándal de tergal combinado con tacones y esa inseparable bolsa de plástico que siempre la acompañaba y que a Bacon le intrigaba lo que podría llevar ahí dentro. Su corazón se fue relajando, parecía volver a las pulsaciones normales, y los primeros rayos de sol caían levemente sobre el pelo y la frente de Tina.

Éste pudo leer en los labios que ella decía:

Prefiero no pensar
Prefiero no sufrir
Lo que quiero
Es que me beses
Recuerda que deseo
Tenerte muy cerca
Y sin darte cuenta
Te alejas de mí

Y Bacon contestaba:

Sí me “aconvenzo-”
Dame tu “ausensi- ”
Que sabe a besoos
Nay na nay na nay na

Y así estuvieron durante un buen rato, o eso creyó él.

 

EPÍLOGO:

El Noche y Día, con la proliferación de los recién llegados Seven Eleven, echó el cierre un año y medio después. La policía decidió trasladar el menudeo de heroína a los poblados de la periferia, haciendo desaparecer de la zona a las bandas, a los camellos y, por ende, a los yonquis. Los colectivos de gays y lesbianas fueron, poco a poco, reformando las viejas viviendas y reconvirtiendo la escenografía del barrio. Llegó un momento en que aquello se convirtió en un hervidero de tendencias y un reclamo para los modernos. Las prostitutas, los lupanares y güisquerías clásicas se adaptaron también a los cambios y convivieron sin problemas con el nuevo vecindario. Hasta que se hizo tan popular que aquel antiguo infierno terminó vendiéndose a un diablo todavía más poderoso: las franquicias de moda y sus productos sin alma. Hoy, donde estaba el Noche y Día, hay un hotel de diseño aséptico para guiris.

Tina, con tan solo 37 años, falleció de sida un mes y medio más tarde en la cama de un hospital de Aranjuez. DEP.

Óscar Nuño ©

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