La playa era kilométrica y la marea baja la hacía parecer un desierto. El cielo gris plomizo estaba a punto de estallar junto con los flashes producidos por los rayos. Muy a lo lejos venía una silueta… Y cada vez estaba más cerca, ¿cómo podía ser? Estaba a punto de cruzarse conmigo. Era un payaso: cara pintada, peluca roja rizada y zapatones. Curiosamente, nada más; sus partes nobles iban al descubierto con dos orejas de elefante dibujadas a ambos lados de sus genitales, desde las ingles hasta la caderas. Me miró y yo a él y, justo cuando nos cruzamos, él se paró en seco. Seguí andando y, observándome, giró la cabeza casi 180°. Anduve más rápido, y allí seguía plantado. Eché a correr, y vino tras de mí. Me resbalaba por la arena, avanzando a cámara lenta, y me iba a alcanzar, ¡qué acojone!
MEDIO SIGLO